• Tania Tejero Molina

¿Por qué no me escuchas? Pareces sord@


Much@s de nosotr@s nos reconoceremos en esta frase y recordaremos haberla pronunciado en alguna ocasión a nuestr@s hij@s pequeñ@s, adolescentes, e incluso a nuestras parejas y familias. Me paro a analizar con minuciosidad…


… ¿Por qué? ... Frustración es la emoción que me parece oculta tras el por qué, y tras ella dicha emoción intuyo oculta una exigencia: la de que debería ser de otro modo a como lo está siento (debe, tiene la obligación, de escucharme siempre). La frustración es el resultado de no estar aceptando lo que ocurre tal y como ocurre, sino esperando que ocurra tal y como espero (exijo). Expectativa bien intencionada, de acuerdo a nuestro pensamiento autoritario. Aunque no fuese acertado el análisis, que no lo será para ocasiones concretas, me pregunto… ¿cómo un niño o adolescente va a saber contestar a algo así? Poco probable. Escucho con mucha frecuencia, también, la frustración asociada a no recibir respuesta. Entonces, suelo preguntar "¿Tú puedes responder a ello?" Es entonces cuando, en el mejor de los casos, aparece el “ahh, pues no”, quizás ell@s tampoco. En el peor, llega el juicio o apelativo “porque es un/una …desobediente” (el problema es cómo es el/la otr@, no mi autoritarismo), dando lugar a la siguiente parte de la pregunta:


¿…no me escuchas?... Tú, porque claro, la frustración está ocasionada por la conducta del/ de la otr@. En esta pequeña oración hacemos un gesto de quitarnos de encima la responsabilidad de la frustración, la colocamos en tejado ajeno. “Si me escuchara, ya no me enfadaría, cosa que no debería ocurrir. La solución a mi enfado es un cambio afuera” …Años de enfados y frustraciones encadenadas me dirigieron de cabeza a entender que nada de lo que cambio me satisface tanto como para dejar de sentir enfado (cosa que no quiero que ocurra, sentiría como si me cortaran un brazo). El asunto no es “quítame esto tan desagradable y hazlo ya”, sino más bien “¿qué me pasa a mí con esto? Yo soy responsable de lo que ocurre en mí. Esta persona no ha sido puesta en mi vida para jorobármela”.


…Pareces sord@… Y aquí consumamos con la agresión. No solo duelen los golpes (y esto es explícitamente un guiño a una obra fantástica, para mi gusto). ¿Cuánto más no duele una etiqueta, mote, crítica, que una vez dicha se pasa la vida rebotando dentro de la cabeza? El daño provocado no es solo el que se ocasiona en el momento. Seguramente nuestr@ hij@, que no tiene aún muy claro cómo poner límites o al que no le permitiríamos el reproche (¿cómo me va a decir que no le diga esto, si es obvio que tengo la razón?), terminará creyendo que lo que se le dice es cierto “si mi madre-padre me dice esto, lo soy”. Aunque le veamos luchar contra lo que le decimos y llevarnos la contraria, se habrá tragado sin masticar o escupir la etiqueta. Habrá aprendido a hacerse daño de una manera sutil y nueva. Las heridas se acumulan, a no ser que averigüemos la forma de volver a sentir dolor cuando nos descubramos haciéndonos daño. También habrá aprendido que tiene derecho a hacer daño a l@s demás, incluso a quienes le enseñaron. Claro, nuestr@s hij@s aprenden de nuestra actitud y de lo que observan, no de lo que les sermoneamos.


Propongo la alternativa… Me siento muy frustrad@ cuando te hablo y no me miras, ni contestas. Me gustaría (no necesito) que me mires y contestes” (de una conferencia de Albert Rams, de quien aprendo, parafraseo una idea con la que estoy de acuerdo de que las necesidades se refieren a las básicas: comer, dormir, defecar…, el resto de peticiones aluden a deseos).


En este punto de mi escrito, habrá quien lo tilde de exagerado y habrá quien haya caído en el pozo de la culpa. Y este es el momento en el que aterrizo en la apreciación de que, que seamos adultos, no implica que tengamos el saber universal, de hecho, lo que tampoco solemos tener es la capacidad de gestión emocional (aquí mi lucha es contra la idea de la ma-paternidad perfecta). Para sostener a nuestr@s hij@s y educarles, la necesitamos. Será muy difícil, aun sabiendo QUÉ es lo recomendable y saludable en la relación, poder llevarlo a cabo, si no me conozco y me gestiono. Escucho muchas y buenísimas ideas, propuestas y pautas educativas, aunque no sólo aprenderemos con el contenido en nuestra cabeza, sino con EXPERIENCIA, no cualquiera, la propia de cada cual. Y, sin errores, no hay proceso de aprendizaje.


Y, dado que las circunstancias (COVID-19), nos regalan tiempo para compartir en familia (sin intención de restar importancia a las dolorosas y complicadas experiencias que nos coloca en el camino, las considero), comencemos por poner conciencia a este aspecto en nuestros días…

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