• Raquel Yébenes Bahana

El peso de la palabra

Psicóloga: ¿Sabes para qué vienes aquí?

Niño: Sí, porque soy malo.

Psicóloga: Ah, ¿si?, Qué curioso, conozco a much@s niñ@s, a veces tristes, enfadad@s, content@s... pero nunca he conocido a un niño malo...

Niño: (CARA DE ASOMBRO)

Desde ese momento las sesiones giraron en torno a que esta linda personita descubriera todas las cosas que también lo hacían “bueno”. Y desde ahí, pudo descubrir otras formas de “SER”.

Comparemos la infancia de otros mamíferos con la de l@s seres human@s. Nos daremos cuenta que nuestra infancia es muchísimo más larga, y por lo tanto mucho más compleja. Durante todo este tiempo son las voces de l@s demás lo que constituyen nuestro mundo, el primer conocimiento del mundo es nombrado por los que nos rodean, las primeras ideas o conceptos de lo que somos, primero es nombrado por otr@s:

El rojo es rojo porque así me lo enseñaron, el amarillo es amarillo porque así me lo dijeron, cuando cae el sol y el cielo no tiene luz, se llama noche, y cuando sale el sol y aparece la luz natural se llama día. Así vamos los seres humanos conociendo el mundo a través de la mirada y la palabra de los demás. Aprendemos lo que está bien y lo que está mal, lo que soy y lo que no.

Nuestro primer registro de lo que nos rodea y de nosotros fue nombrado por otr@s. Imaginemos que nuestro interior fuera como una hermosa botella de cristal. Hecha de forma especial para cada uno de nosotr@s, cuando nacemos esa botella podríamos decir que está vacía. Aunque no sería del todo cierto porque ya contiene las sensaciones y las expectativas de nuestros padres ante nuestra llegada…A partir de ahí esa botella se va llenando con los mensajes de otr@s, que pueden ser acertados o no.

¡Qué bien cuidas tus cosas!, el/la niñ@ lo interioriza como "soy cuidados@"; ¡qué vag@ eres! (tod@s podemos ser vag@s en un momento dado), el/la niñ@ lo generaliza y lo interioriza como "soy vag@"; ¡eres torpe! (estamos aprendiendo, tod@s somos torpes hasta que nos volvemos habilidos@s) el/la niñ@ lo interioriza como "soy torpe, no soy capaz".

Cuando somos pequeñ@s no podemos diferenciar que esos comentarios son del otro, no nuestros, no entendemos que son cuestiones temporales o momentáneas. Tendemos a generalizarlas, interiorizarlas. Literalmente nos las tragamos y las hacemos nuestras. Como adult@s, cuando nombramos el mundo y su ser, es como si introdujésemos esa etiqueta, esa palabra en su botella, y ahí se quedan. El niñ@ adquiere y se comporta con estas características, claro no le queda otra opción, por lo menos en su infancia. Soy lo que dicen que soy y el mundo es lo que dicen que es. Si me dices que esto es rojo, es rojo. Si me dices que soy torpe, pues soy torpe.

En la edad adulta, una vez alcanzado el desarrollo madurativo, tenemos capacidad de tener nuestra opinión diferenciada del otro. Entonces tenemos la oportunidad de abrir esa botella y filtrar que palabras se corresponden con lo que somos y que palabras están ahí desde hace años y no se corresponden, al contrario, nos limitan. Por lo tanto midamos nuestras palabras cuando hablamos con nuestr@s niñ@s . La palabra que hoy sale de tu boca, condiciona tanto para bien como para mal. La palabra que sale de tu boca tiene un peso enorme, infinito….esa etiqueta y ese peso se quedara dentro de su hermosa botella. Cuidemos las palabras con las que mostramos el mundo a nuestros hij@s, cuidemos con mimo las palabras con las que nombramos a ese pequeño ser. Porque por mucho tiempo somos sus ojos y sus oídos, nuestras palabras crean su mundo y su identidad.

¿Cuántas etiquetas entraron en tu hermosa botella que te han limitado o condicionado?

Fotos de Annie Spratt en Unsplash


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