• Laura Rodríguez Pérez

El ritmo de la vida

En el país del tiempo, no había segundos que perder, y esto era algo que la pequeña Karla llevaba bastante mal, pues era una niña muy inquieta que detestaba tener que controlar cada cosa que hacía a través de esos relojes que llevaba todo el mundo.

En este lugar, cada persona debía llevar un reloj diferente para cada cosa, un reloj para controlar el tiempo de trabajo, otro para el ocio, para dormir, para el deporte… Estos tenían formas y colores diferentes, dependiendo de lo que midieran y de la importancia que le diera cada persona a ese reloj. De esta manera, nadie podía “desperdiciar” su tiempo, ya que cada cosa que hacían y cada segundo de su vida estaba controlado por cada uno de los relojes. Esto mismo era lo que hacía que Karla tuviera numerosas peleas con sus padres, ya que normalmente se saltaba las normas y dejaba que el tiempo pasara sin invertirlo en lo que los relojes indicaban.


Un día soleado de mayo, Karla estaba jugando en un parque que hay cerca de su casa y le llamó la atención una pequeña tiendecita de antigüedades que había haciendo esquina en la calle. Así que decidió dejar su tiempo de ocio e ir a curiosear a la tienda. Una vez dentro, se quedó fascinada con tantas cosas que nunca antes había visto, por lo que empezó a preguntarle al dependiente para saber qué era cada cosa. El dependiente, un señor de edad avanzada, con un largo pelo blanco, gafas redondas y una barba blanca de algunos días, se quedaba fascinado ante la gran curiosidad e interés de la pequeña Karla, así que la dejó que siguiera curioseando por la tienda.


A Karla le llamó la atención un reloj, tenía forma de mariposa y era de color azul turquesa, como el agua del mar. La pequeña se quedó extrañada al verlo, ya que nunca había visto un reloj similar. El anciano dependiente se percató de la cara de extrañeza de la niña al ver ese reloj, por lo que se adelantó a explicarle en qué consistía.


-Me encanta que hayas encontrado ese reloj –le dijo el dependiente–, es el reloj personal, algunos lo conocen como el reloj de la vida.


-¿Reloj personal? –dijo la pequeña con bastante extrañeza y cara de no entender nada–, seguro que es otro de esos estúpidos relojes que llevan los adultos y que son inútiles.-Para nada, querida –contestó el anciano–, este reloj es diferente. Hace muchos años, una sabia mujer llamada Psyche, inventó este reloj con el fin de que la gente invirtiera tiempo en sí misma, para poder atender cómo se sentían consigo mismos y ante las situaciones que les ocurrían. Atender a su cuerpo, sus pensamientos, sus emociones y sus sentimientos.


-¿Y por qué lo llaman el reloj de la vida? –preguntó Karla con su característica curiosidad y fascinación.

-No lo entiendo –dijo la niña mostrando enfado–, ¿Por qué la gente no lleva un reloj que les hace más felices y que vivan más años?


-Bueno… –comenzó a responder el dependiente–, la gente pensaba que eso eran rumores y que realmente este reloj no servía para nada. Pensaban que la felicidad estaba en el trabajo, el ocio, y todas esas cosas que mantienen a la gente ocupada sin pensar en lo que les pasa. No creían que la felicidad estuviera dentro de ellos mismos.


Karla se quedó guardando silencio, algo poco usual en ella, con una cara bastante desconcertada y pensando en todo lo que le había dicho el anciano.


-Quiero regalarte este reloj –le dijo el dependiente a la niña­–, sé que vas a saber darle un buen uso, es para ti. La pequeña miró al anciano con cara de fascinación. Tardó unos segundos en reaccionar, pero cuando lo hizo empezó a saltar de emoción, le dio un abrazo al anciano dándole las gracias y salió corriendo hacia casa. Al llegar a casa, entró por la puerta exhausta de tanto correr. Sus padres, al verla así se acercaron a ella bastante preocupados pensado que le había pasado algo y empezaron a preguntarle si estaba bien. Karla, cuando retomó el aliento, se sacó del bolsillo del pantalón el reloj que le había dado el dependiente y se lo mostró a sus padres mientras les dijo:


-Mamá, papá, es hora de cambiar el tiempo y empezar a vivirlo.

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