• Virginia Ortega Alcaraz

La envidia, otra parte de mí.

¿Qué sientes al escuchar la palabra “envidia”? ¿Qué experimenta tu cuerpo? ¿Qué piensas sobre sentir envidia?

Quizá aparezcan sensaciones que no te gustan; quizá, automáticamente aparezcan una serie de pensamientos (creencias) cómo: “es mala”, “no está bien sentirla”, “no debería”... Quizá rememores alguna situación de tu vida, o puede que esa situación pueda estar ocurriendo en el presente. Y si es así, puede que te estés castigando por ello.


¿Qué hace que este sentimiento universal como es la envidia cueste tanto reconocer, y más aún expresar? ¿Para qué intentamos ocultarla? Y, ¿quién se libra de no haberla sentido en algún momento de su vida?

Se ha considerado a la envidia como uno de los siete pecados capitales. De hecho, nos enseñan desde pequeños que “no es bueno sentir envidia”, y paradójicamente cuando la mencionamos seguramente todxs tengamos conciencia de esta experiencia en nuestra propia carne. Asumir la idea de que “no se debe sentir envidia” provoca sentimientos de culpa, incluso podemos sentirnos “malas personas”, porque, además, solemos sentirla hacia las personas más cercanas (un/a amigx, un/a compañerx de trabajo, un hermanx… ) lo que hace aún más complicado admitir la envidia. Entonces, la pregunta que asalta nuestra mente es: “pero, ¿si lx quiero porqué le tengo envidia?”

Es por ello que la mayoría de las personas la evitamos, desarrollamos una baja tolerancia a sentirla, vergüenza por expresarla y desvelarla ante los demás. Es un sentimiento poco aceptado por la sociedad, que suscita rechazo, y por lo tanto vulnerabiliza a la persona que la siente.


¿De qué nos informa la envidia?

La envidia nos muestra nuestra propia incapacidad, se alimenta de la inseguridad, y ésta, nace de la falta de conocimiento del propio potencial y capacidad para conseguir lo que nos proponemos, ya que nadie que confíe en su valía envidia a otro. Se vive como un encogimiento que produce dolor y tristeza, y que nos hace sentir vulnerables o carentes. Según Covarrubias, es un dolor concebido en el pecho, debido al bien y a la prosperidad de otro.


Este sentimiento actúa como una especie de espejo deformado que cuando nos miramos pareciera que lxs demás son más y mejores que nosotrxs, tienen y consiguen todo aquello que nosotrxs deseamos. Esto nos produce un estado de frustración constante y condena a la persona a fingir y a reprimir emociones como la ira e indignación. Puede hacernos incluso desear no ser quien somos, modificar nuestras reacciones, escondernos y tratar de ser otra persona. Dice Carlos Castilla del Pino que la envidia no se basa tanto en aquello que posee el

otro como en la imagen que esta persona proyecta y que quisiéramos hacer nuestra. Sentir envidia puede estropearnos la alegría de compartir y vivir.


Además, las críticas indirectas y agresivas que se desprenden con el fin de minar el prestigio del otro no provienen tanto de la razón, sino más bien de nuestro sistema emocional, que toma el mando de nuestras conductas porque sentimos en peligro nuestro status, vínculos, supervivencia…


¿Cómo usar la envidia a nuestro favor?

Si no hacemos caso a la información que nos aporta este sentimiento, y esto conlleva, para empezar, darnos cuenta de que la estamos sintiendo, reconocerla, validarla y expresarla, puede llegar a evolucionar al odio. Algunas formas que podemos observar de la envidia patológica son: estar más pendientes del otro que de sí mismo, alegría insana por los males que el envidiado sufre, desasosiego, insatisfacción y amargura generalizada.


Solo si miramos hacia adentro podremos convertir la envidia en una fuerza motivadora que nos ayude a avanzar hacia nuestras metas. Un trabajo de autoconocimiento, centrando la atención en uno mismo, mirando con perspectiva este sentimiento y haciendo reflexión: ¿Por qué me pasa esto? ¿Qué hace que me sienta así? ¿Cómo podría dejar de aferrarme a este sentimiento? ¿Cuál es el antídoto?


En muchas ocasiones se pueden desplegar deseos de cumplir con nuestro propio proyecto de vida, conseguir hacer algo que deseamos, y para ello, irremediablemente, debemos aliarnos con el esfuerzo, la perseverancia, el sacrificio. Luchar por aquello que para nosotros merece la pena en nuestra vida.


Y para terminar… Lo más importante

Sentir envidia no te hace “mala persona”, ni tan siquiera es un sentimiento que “no debieras sentir”, porque los sentimientos no son morales, no se pueden juzgar como algo bueno o malo. Sí, puedes sentir envidia, es más, debes sentirla y reconocerla cuando aparezca; necesitas sentirla, ya que es un sentimiento más como otro cualquiera, y su función, tan adaptativa, es informarte de lo que te está sucediendo por dentro. Un mensaje de gran utilidad que nos envía nuestro cuerpo y mente, que de otra manera, en esas precisas situaciones en que se siente, no podríamos descubrir una parte más de nosotrxs mismxs.


Por otra parte, aclarar que muchas veces se hace una distinción errónea de envidia sana e insana. La envidia es envidia. Lo que nos lleva a poner el adjetivo “insana” tiene que ver con los actos que se pueden llevar a cabo para “destrucción” del otro. Esto no es lo común y, si puede tener lugar cuando la envidia adquiere una intensidad mayor, aquí sí cabría decir, pasa a ser desadaptativa, patológica. Por lo tanto, es importante no olvidar que sentir envidia no implica agredir: agredir es un comportamiento, una elección; envidiar es un sentimiento, y reitero, ni bueno ni malo, quizá desagradable, y también útil.

Entradas Recientes

Ver todo
Entradas destacadas
Entradas recientes
Archivo
Buscar por tags
Síguenos
  • Facebook Basic Square
  • Twitter Basic Square
  • Google+ Basic Square