• Antonio Barba Herrera

Perder es ganar

Hoy en día a muchos de nosotros nos aterra la idea de perder. Perder por iniciativa propia a un amigo, una pareja, la unidad familiar o el trabajo, entre otras cosas puede despertar en nosotros una imagen de fracaso. Incluso podemos sentir la culpa de no haber sido capaces de conservar aquello que queremos y sentimos importante. Esta circunstancia hace que luchemos por mantener aquello que tememos perder con el fin de no afrontar el duelo que supone permitir que la pérdida ocurra. Nos da miedo afrontar en solitario la nueva situación que se nos abre, y por eso lo evitamos a toda costa.

Al fin y al cabo, si lo piensas detenidamente perder es muy similar a estar solo. Perder a tu pareja te hace estar solo/a, perder a un amigo/a te hace estar solo/a, perder tu trabajo también conlleva un desahucio personal que, supuestamente te hace sentir desamparado/a y vulnerable.


Sin embargo, aunque la sociedad se afane en enseñar que la pérdida es negativa y nos hace sufrir, es preciso que nos hagamos la siguiente reflexión:


¿Y si, en un momento de nuestras vidas la pérdida fuese el único camino que nos acerca al verdadero bienestar? Después de esto es lógico responder a esta reflexión con la siguiente pregunta: ¿cómo puede ser que perder a un amigo o a una pareja, o incluso el trabajo nos haga sentir bien? Seguro que más de uno/a al leer estas palabras se le viene a la mente algo o alguien que le gustaría perder de vista con el fin de ganar en calidad de vida. Sin embargo, por evitar el rechazo, la culpa o por miedo a lo nuevo, nos obligamos a estar en ese lugar en el que estamos incómodos/as, alargando un dolor que se torna sufrimiento y lucha continua. Nos amoldamos y acomodamos a esas situaciones perdiendo de vista que eso es precisamente lo que nos genera más dolor y sufrimiento, permanecer ahí.


Llegados a este punto se torna importante entender y comprender que muchas veces el verdadero bienestar pasa, primero, por identificar y, segundo, por desprendernos de aquello que nos lastra y nos dificulta contactar con nuestras necesidades más genuinas, es decir, contactar con nosotros, con la vida. Sino escuchen el discurso de alguien que haya sufrido violencia de género o haya estado en un trabajo abusivo que no tiene en cuenta las necesidades del trabajador. Aquí es cuando nuestro socorrido refranero popular nos enseña que, al fin y al cabo, a veces es mejor estar solos/as que mal acompañados/as.



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