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  • Foto del escritorLola López Rosell

¿Qué canción te gustaría que sonara en tu funeral?

Hablemos de la muerte.

Llevo meses queriendo escribir sobre la muerte, pienso en algunos pacientes. En todo el proceso que está siendo descubrir juntas/os lo que significa despedirse y se me pone la carne de gallina. Reconozco que me asusta un poco lo que vaya a salir, reconocerme en las experiencias de otras. Respiro y pongo música.


En la última entrevista que Pau Donés hizo, semanas antes de morir, decía que quería que “el sitio de mi recreo” de Antonio Vega pusiera punto y final a su vida. La imagen se me quedó impregnada en la piel: dos amigos sentados en una piedra de un valle inmenso, uno de ellos enganchado a un gotero agotando sus últimos días. Hablando. Despidiéndose mientras la muerte sonaba de fondo. Salí del cine conmovida, me tiré semanas escuchando en bucle esa canción. Acordándome de mi abuela Lola y sus bocatas de mantequilla con azúcar, del miedo que sentí cuando mi amigo Pablo se suicidó. De mi Gokito, el perro más chulo de to el barrio de la bomba. Los echo de menos.

Parece que la muerte es algo que le sucede a otras personas, no hablamos de ello. Rara vez nos encontramos coches fúnebres circulando por la carretera. Lo que sea que se mueva, se queda dentro. Y lo cierto es que cada día es una despedida. Cada deseo que no se cumple. Cada relación que se rompe. Cada momento que pasa y no vuelve jamás.


Hemos construido una estructura social hecha para no mirar ahí donde duele. Vivimos en una cultura que valora mucho la belleza, la luz, la felicidad, la juventud, la rapidez. Damos la espalda a lo natural, al paso del tiempo, al deterioro del uso. Todo lo que está conectado con el paso del tiempo se camufla, se cambia, se tiñe. Y no dejo de pensar que cuando nuestra conducta se orienta a tapar los finales, los boquetes, las heridas, el dolor…construye muros de cemento que nos impiden contactar con el hecho de que morimos.

Y así nos vamos mecanizando, racionalizamos las emociones y desconectamos del cuerpo. Lo pensamientos y los sentimientos se vuelven inquilinos que nos rayan. Molestan, nos incomodan y nos creemos que hay que eliminar lo que nos genera malestar. Contribuyendo así a esta rueda que deja fuera lo que se opone a la felicidad y el bienestar.


Nadie se escapa de esto. Compartimos cultura y los mensajes que nos edifican colectivamente nos atraviesan las entrañas. Silenciadas quedan las muertes de bebés antes o al poco de nacer. Hasta hace muy pocos años ni se contabilizaban las muertes de las mujeres víctimas de violencia de género. Obviamos que el suicidio es la tercera causa de muerte en jóvenes. Que muchos/as de nuestras/os muertos/as yacen en fosas comunes perdidas. De locas y egoístas quedan las mujeres que saltan por la ventana en pleno postparto.


Hablar de ello importa, nos acerca a la vida. Nos ubica en la carne y el hueso que habitamos, rompiendo el cemento cultural grafiteado de colores y dejando paso a la honesta intimidad.

Por eso la entrevista de Pau me gustó tanto, porque queramos o no: morir lo cambia todo. Si nos atrevemos a dejarnos tocar por la ferocidad de que estamos de paso junto a alguien: nos estamos regalando el permiso de contactar con lo que da sentido a nuestras vidas.


Y desde ahí, a tener apoyo para quedarnos en los momentos dolorosos que, aunque no queremos experienciar, sabemos que son importantes.

Cuando me muera me gustaría que sonara “Desde mi libertad de Ana Belén”. Fue la primera canción que me atreví a cantar en público, con un hilito de voz muy bajo cuando tenía 9 años. Me gustó reconocerme en la mirada del resto y poner la voz en juego. Así me gustaría irme. ¿y tú? ¿Te animas a compartir?

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