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Reflexiones sobre “Inteligencia emocional para una convivencia respetuosa”

Desde nuestra profesión como psicólogas, en muchas ocasiones se nos demandan proyectos que acerquen las herramientas de nuestro trabajo a la sociedad. En este caso en particular se nos pedía un proyecto orientado a la educación emocional en la infancia que tuvo lugar en dos sesiones de hora y media, y fue dirigido a padres y madres. Nos centramos en transmitir de manera didáctica aspectos importantes sobre la inteligencia emocional, esta tarea tan pendiente para los adultos, como madres y padres, y tan necesaria para nuestros/as hijos/as, para que puedan recibir atención y educación a sus emociones desde el adulto responsable.


Cuando impartimos talleres o charlas de este tipo, en determinados momentos, sentimos la presión, que llega la mayoría de las veces de la desesperación de madres y padres, de dar una solución rápida a nuestros problemas y dificultades de nuestro día a día en la relación con nuestros/as hijos/as. Pareciera cómo si se deseara encontrar la panacea que nos salve de manera rápida y cómoda de lo que nos desagrada. Y la realidad es que no existe ninguna varita mágica que libere nuestro desaliento, inconformidad, desagrado o dificultades para lidiar con lo que se nos atasca o crea conflicto. Nos asentamos con decisión y seguridad en que el cambio requiere de un trabajo comprometido, constante, paciente y de apertura, y de mucha implicación, principalmente por los padres y madres.

“IE para una convivencia respetuosa” nace de la necesidad de una educación en las emociones y valores para una convivencia más respetuosa que pueda promover unas relaciones más sanas en el patio de nuestros colegios. Y desde aquí nos surgen tres preguntas para pararnos a pensar y reflexionar:


¿Qué necesitamos como adultos para poder educar a nuestros/as hijos/as y fomentar una convivencia respetuosa?

Respondemos a esta pregunta haciendo una afirmación: “nuestros niños/as son espejos de nuestras conductas, de cómo nos manejamos en el mundo, cómo nos relacionamos y afrontamos las adversidades y conflictos. Cómo gestionamos nuestro sentir”. Por lo tanto, si tenemos claro que ellos aprenden de nosotros/as está claro que es nuestra la responsabilidad de educarlos, de enseñarles cómo manejarse en el mundo, conectados con sus emociones, sentimientos, sensaciones y necesidades, y no hacerlo a través del pensamiento y razonamiento de lo que “se debe” y “no se debe” hacer.


¿Cuánto y cómo miramos a nuestros/as hijos/as?

Nuestros hijos/as son como una semilla que necesita ser regada, mirada, mimada con el calor del sol y paciencia para esperar su crecimiento. Esta dedicación y cuidado está en contraposición de la rapidez con la que vivimos hoy día, las prisas, la impaciencia, la multitarea y la productividad, la imposibilidad para pararse o para dejarse en un “no hacer nada”. Pareciese que hoy día se mirase a los niños/as cómo máquinas que han de producir para ser efectivas, cuánto más mejor, dejando cada vez menos espacio al ser mismo del niño/a, a que sea siendo niño/a, juegue como niño/a, hable como niño/a, llore y se enfade como niño/a. Cuánta necesidad de dejar ser y dirigirnos a ellos desde esta misma mirada.


¿Cuánto exigimos a los niños/as que no damos los adultos?

Típicos mensajes como “no te enfades”, “qué impaciente, hay que tener paciencia”, “mira que bebé llorando”, son mandados continuamente a los niños/as. De esta manera, invalidamos sus emociones y nos perdemos las señales que nos mandan para ir dirigiéndolos en su propio contacto con el mundo. Como consecuencia crecen pensando que enfadarse, estar impaciente o triste está mal, y qué es algo que hay que evitar a toda costa. Si nos paramos a pensar en esto, ¡qué mensaje tan cruel para un niño! Incluso para un adulto, ¿acaso tú como adulto, padre o madre, no te enfadas, no pierdes la paciencia o te pones triste? ¿Puedes controlar tus estados emocionales, evitarlos?

Sí, exigimos a los niños/as cosas que nosotros/as, los adultos, cómo humanos, tampoco podemos hacer.


Para concluir en esta breve reflexión nos volvemos a reafirmar en que si queremos una sociedad más igualitaria, más justa para nosotros/as, nuestros hijos/as no podemos dejar a un lado la educación emocional. Es lo mismo que decir que si queremos una convivencia más respetuosa tenemos la responsabilidad como adultos de aprender a gestionar nuestras emociones de manera sana para poder transmitir a nuestros niños/as la importancia de ésto. Aprender nosotros/as para enseñarles a ellos es como coger nuestra posición de adultos para permitirles a ellos/as ser el/la niño/a que le pertenece.


Raquel y Virginia



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