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  • Foto del escritorLorena Gallo Macho

¿Podemos sobrevivir sin miedo?

En mi anterior entrada, ¿Qué es el miedo? nos adentramos en esta emoción básica. Sigamos explorando:


¿Cómo respondemos ante el miedo?

Imagina que estás caminando solo de noche y de repente alguien se acerca a ti con intención de robarte. Tu cuerpo se pone en alerta. La primera respuesta ante el miedo es instintiva y podríamos dividirla en:

  • Luchar contra la persona

  • Huir

  • Quedarte paralizado

En este caso el miedo no está camuflado, es decir, es un miedo directo ante un peligro real y reaccionamos para salvaguardar nuestra supervivencia. Sin embargo, en muchas ocasiones aprendemos a tener miedo a situaciones que, en principio, no tendría por qué generarnos esta emoción y que afecta a nuestro bienestar emocional.


Manifestaciones en el día a día

Estos miedos los aprendemos desde pequeños a través de las relaciones con el otro. Como pueden ser el miedo al cambio, a lo desconocido, a la incertidumbre, a lo diferente, al fracaso, al éxito, al abandono, al rechazo, al compromiso. Se manifiestan en forma de culpa, ser excesivamente complaciente con el otro, anteponer las necesidades de los demás a las propias, procrastinación, autosabotaje, perfeccionismo excesivo…

¿Qué hacer con el miedo aprendido?

Me paro. Pienso en las veces en las que no hay nada visible que temer, pero aun así lo siento. Y entiendo que ese miedo trata de decirme algo. Que quizás no era mío y alguien lo puso en mí. O quizás sí es mío… Ahora siento miedo a sentir miedo. Trato de acercarme a él, no lo rechazo, no huyo... entiendo que está en mí por alguna razón. Me paro, me escucho, me calmo.

Miro de nuevo a mi perra y al entorno. Tiembla. Sigue sin haber nada visible que me haga saber a qué teme. Se acerca, se acurruca, la acaricio. Se calma.


Dejamos de temer aquello que se ha aprendido a entender (Marie Curie).

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